9 de marzo de 2009

Me habían dejado de pagar por escribir

Más bien mi mente ha estado en otras cosas y quizás empiezo a ver un pequeño punto de luz, a una distancia enormísima, que un día no muy lejano atravesaré. Es decir, por fín estoy hechando toda la carne en el asador y estoy escribiendo la tesis. Sin embargo, por causas ajenas a mi voluntad, hoy descanso; así que la parte proporcional de mi sueldo de becario del día de hoy la voy a emplear en escribir el blog. ¡Como me gusta que me paguen por esto!

Hoy le voy a dedicar la entrada a mi equipo de investigación, a las personas que están haciendo posible que el trabajo de campo de la tesis esté saliendo adelante.

Hace dos semanas estuve en Canarias poniendo en marcha las tres últimas farmacias que iban a participar en el proyecto. Allí estaban Rosana, Esthercita y Ana dispuestas a recibir el atropello de información que supone todo esto. La verdad es que en algunos de los momentos en que estaba allí con ellas, observaba ese deglutir más intenso y esos ojos un poco más salidillos de las cuencas de lo habitual, que sólo pueden significar una cosa: ¡Dios, en dónde me estoy metiendo! No obstante, sólo lo piensan, nunca dicen nada; incluso cuando se lo preguntas, te responden: no, no, no, sigue, sigue, que va todo muy bien. Bueno, si ellas lo dicen. Esta misma reacción ha sido experimentada por cualquiera de los 8 farmacéuticos que ya han finalizado el trabajo: Antonio, María, Elena, Luisa, Nayra, Nina y mi madre.

Para el que esté pensando que "qué hace la madre metida en medio de todo este fregado" le diré que cuando empecé con esta, mi segunda tesis, estaba tan necesitado de una persona que no me fuera a fallar por mucho que estuviera lloviendo ese día, por mucho tráfico que hubiera para ir al trabajo, por muy lejos que tueviera que desplazarse, por mucho tiempo que tuviera que invertir y por muchos muchos más (entónesen estas últimas palabras como el final de "feliz en tu día"), que indudablemente pensé: "Madre no hay más que una". Yo, además, tengo la suerte de que mi madre no iba a tener problemas con el dueño de la farmacia para hacer "actividades extras", ¡porque era mi padre!¡Bingo! Ahora sólo tenía que explicarles que los 3 años y medio anteriores, que había estado haciendo la "otra tesis", los había tirado al garete, o dicho de otra forma, por la taza del inodoro. Y lo digo así, porque aunque está claro lo valioso que pueden llegar a ser 3 años y medio de piedras en el camino (esto lo puedo decir ahora, claro), lo que iban a entender ellos en un primer instante era lo de la taza del vater; sobretodo mi padre, que aún lo piensa (lo escribo y me meo de la risa). No obstante, como ya dije, padres no hay más que unos y al final me ayudaron a tirar por la cisterna. Están para todo.

A lo que iba es que tengo la enorme fortuna de estar trabajando con una gente que como yo digo son activistas radicales de su profesión. Se trata de un grupo de gente inquieta, amantes del servicio que cada día prestan a sus pacientes, que siempre están metidos en algún fregadillo: que si haciendo trabajos de fitoterapia, que si haciendo un estudio de anticonceptivos orales, que si asistiendo a todos los cursos de formación continuada habidos o por haber, que si llendo fielmente a cualquier reunión que hay en el colegio de farmacéuticos...en definitiva, activistas radicales de la farmacia: ¡cómo iban a dejar la oportunidad de participar en un proyecto más! Pero bajo mi experencia he de decir algo más: a la hora de enfrentarse a un estudio de investigación, están siendo muy, pero que muy finos. Me refiero a que están haciendo un trabajo bien hecho, siguiendo al dedillo todas las pautas establecidas y realizando una recogida de información envidiable. Además, se han enfretado al manejo de dispositivos y programas que anteriormente no habían empleado; todo ello, con el valor añadido de tener que desviarse de sus "quehaceres" cotianos en la farmacia.
A decir verdad, se trata de un grupo de trabajo variopinto, unos más jovenes, otros más mayores, unas mujeres, otro hombre (qué ridículo suena, sólo un macho; pero menos mal que estas ahí, Antonio), unas de ciudad, otras de campo, etc. A razón de las farmacias de campo, como de cualquier cosa que se hace en la vida, de todo se aprende. Y yo, en este proyecto, he aprendido, entre otras muchas cosas, donde queda un hermoso pueblo de Gran Canaria llamado Tenteniguada, al que para llegar sólo hay que pasar 163,7 curvas. Hasta eso merece la pena. Quien no sepa donde queda, que lo busque en un mapa, y quien pueda, que vaya y lo visite y pase a saludar a la farmacéutica (abstenerse hipertensos por riesgo de entrar a participar en el estudio y tener que ir al entrañable pueblo de las 163,7 curvas hasta cinco veces más). Nota de interés: antes de llegar hay otro pueblo o barrio, según se mire, que se llama Las Vegas, en donde preparan buena carne a la brasa. Esto es información confidencial para el "viajero culinario inquieto", como yo. ¡Canario, conoce tu tierra!

Ahora, gracias a ellos, sólo quedan unos meses para que el trabajo de campo de la tesis finalice (ya llevamos desde Junio de 2008). ¡Vaya homenaje pienso pegarme en mi próximo viaje a las islas para celebrarlo!¡Todos de juerga! En realidad, pienso que se abrirá una nueva puerta para seguir haciendo más cosas. Ya lo comprobaremos cuando estén sentados todos en la misma mesa con unos vinitos más de la cuenta y la imaginación empiece a volar.

15 de enero de 2009

La luz del final del túnel

Ayer fui a la tesis de un compañero de la facultad. Un buen becario que ha estado becarieando en el departamento de al lado del mío. Lo conozco desde hace unos años, pero no de verlo por la facultad, eso vino después, cuando identificaba su cara. Lo conocí en su casa, un 20 de Noviembre de 2004, después de que el Barcelona le metiera 3-0 al Real Madrid. Olé. El caso es que desde ese día pasó a formar parte de ese elenco de becarios que día tras día nos saludamos al vernos por la facultad.

Una vez más volví a sentir ese cosquilleo que me recorre el cuerpo cada vez que veo que uno de nosotros lee la tesis y consigue quitarse esa lacra de encima. Sobre la tesis en sí, nada que comentar, ya lo dijeron los miembros del tribunal: sobresaliente, cum laude. Lo que más me llamó la atención, en todo el tiempo que pasé en el salón de grados, fue una de las contestaciones que dio mi compañero a uno de los miembros del tribunal y un pequeño detalle que observé en la metodología del estudio de investigación realizado.

El detalle metodológico decía así: "periodo de estudio: 2002-2008". ¡Seis años! Después de un día, todavía lo escribo y me da un "no sé qué". Por una parte, pienso que José (así se llama el nuevo doctor en cuestión) se ha dado una manita de trabajar que no ha sido chica y que su trabajo ha sido un trabajo de fondo; por lo que pude deducir de su presentación, bastante bien hilado. Es decir, meritorio. No obstante, por otra parte, pienso: ¿qué necesidad hay de pasar 6 años de tu vida haciendo un trabajo de investigación para poder leer la tesis? No creo que estos casos sean los más frecuentes, pero en caso de prolongarse hasta tal punto, me parece desmedido. Enhorabuena a los pacientes, a mi me daría algo por el camino. De todas formas, a este respecto he de apuntar dos cosas más. Una, es que yo llevo 5 años metido en este negocio y aún no he leído mi tesis. No obstante, en este tiempo he probado con dos investigaciones para que sean mi tesis (después de 2 años y medio, la primera no me convenció y decidí embarcarme en una segunda). Lo segundo que me gustaría decir es que por supuesto que nosotros, los becarios, no tenemos ninguna culpa del tiempo que tardemos en leer nuestras tesis. Eso sólo depende de la claridad, el orden, la voluntad y la cantidad de trabajo extra (enculable) que tengan los de arriba. Un día de estos trataré este tema con más detenimiento.

Respecto a lo otro que me llamó la atención de la tesis, la respuesta de José a una de las preguntas del tribunal, la verdad es que no tuvo desperdicio. La pregunta era algo así como: Con la experiencia y las habilidades adquiridas durante este periodo (los 6 años), ¿en qué sector profesional te gustaría buscar trabajo: en la industria, crear tu empresa, dedicarte a la docencia...? La pregunta se quedaba ahí, en el aire. Tal y como había sido entonada y con la cara que ponía la persona que la estaba formulando, parecía que José sólo tenía que elegir la opción que el prefiriera y sus sueños se harían realidad. Yo creo que José la interpretó de la misma forma y cuando tuvo que responder se sonrió, soltó una pequeña carcajada y dijo: "Sí claro, buscar, buscar,..." Es decir, hizo un manifiesto claro de no tener ni pajotera idea de a dónde le van a llevar las olas, ni si lo que ha hecho hasta ahora le va a servir para que se le abran las puertas de cualquier cosa. Yo pienso que sí, que para algo le tiene que servir, pero lo que está claro es que muchas veces, mientras hacemos nuestra "becaría" estamos en una atmósfera distinta y aislada de la realidad. Lo único que le pasaba es que no era capaz de ver más allá de las paredes de la facultad.

Sólo espero que José tenga suerte (que la tendrá) y que recuerde con cariño la estancia que ha pasado en Granada, lejos de su tierra, Colombia. Un abrazo fuerte.

10 de enero de 2009

Estaba de vacaciones

Buena nevada la que estuvo cayendo ayer en gran parte del país. Y lo que está por venir. El aeropuerto de Barajas cerrado durante 6 horas y yo aún en mi casa, en Canarias. Esta vez no pude librarme de esas filas y ese caos que reina a veces en los aeropuertos, y que hasta ahora sólo había visto por la televisión.

Sin embargo, el retraso en mi regreso o el confluido tráfico aéreo no son los temas de interés. Las imágenes de la nieve en todas las carreteras del país han hecho que no haya parado de acordarme de un amigote, exbecario de profesión.

La verdad es que no recuerdo exactamente si era Enero o Febrero de 2003. Por ese entonces mis días en Granada no tenían rumbo. Sabía que una semana de cada mes tenía que ir al master en que me había apuntado, pero el resto de las semanas: que si viaje pacá, viaje pallá, fiesta en casa de uno, en casa de otro, partidas de continental que se prolongaban durante días, partiditos de fútbol cada mañana, cafecito en casa de aquella, en casa de la otra, etc. En fin, un desastre por el que pagaría una fortuna con tal de volverlo a vivir.

Fue entonces cuando la directora del master se presentó un día en clase y nos ofreció a todos participar en un proyecto de investigación en el que necesitaban personas que realizaran el trabajo de campo. Es lo que se conoce como “becarios mercenarios”: realizas tu misión (sólo esa), te pagan (Dios mediante) y te vas (salvo que tengas la negra y te pase como a mí). Dadas mis circunstancias, la verdad es que podía ser interesante, así que levante el brazo y me apunté. Lo que no podía sospechar en el momento en el que mi brazo se elevaba es que el único compañero de clase que no me terminaba de entrar por el ojo, también se apuntara.

Aquel tipo, cuyo nombre ignoraba en aquel momento, utilizaba un peculiar peinado, comúnmente conocido como “almohada style”, vestía con uniforme (camiseta de Iron Maiden, Metálica, Barricada o algún otro sucedáneo por el estilo, y pantalones rajados), y cada vez que algún profesor decía algo con lo que él no estuviera de acuerdo, montaba un circo que pa qué. Pero al proyecto se habían apuntado 7 u 8 compañeros más, no íbamos a coincidir juntos. ¡Y una leche! Dos semanas más tarde íbamos montados los dos solos en su coche camino a Madrid para asistir al curso de formación del proyecto. Lo más curioso de todo esto es lo que le impulsó a él a apuntarse al proyecto. Mientras me veía levantar la mano, pensó: “Si el soplado ese, con esas pintas, se apunta, pues yo también; seguro que no me toca trabajar con él”. Sin darnos cuenta, nuestros pensamientos eran los mismos: la base para el comienzo de una gran amistad.

Después de que nos dijeran el día, el lugar y la hora a la que teníamos que estar en Madrid nos dimos cuenta que ambos éramos los únicos que íbamos a salir desde Granada. Así que nos acercamos lentamente, cada uno desde un extremo del aula, forzando esa "sonrisilla de buen rollo" que no engaña a nadie y quedamos para ir juntos. Lo más que me sorprendió de aquella primera conversación fue que ese personaje, al que parecía darle todo igual, quería salir temprano para no llegar tarde por si los profes se enfadaban. Casi me parto de la risa. Menos gracia me hizo el día que pasó a recogerme a las 7 de la mañana por mi casa para estar en el cursito a las 4 de la tarde (9 horitas para ir de Granada a Madrid, vaya tío más "apretao"). Si yo había sufrido para levantarme, él también sufriría. Lo único que no sabía a esa hora es que la climatología me lo iba a poner tan fácil.

Cuando llevábamos 40 minutos de camino estábamos metidos en medio de la estepa siberiana y la nieve no paraba de caer. Todos los coches que iban por la carretera estaban aprovechando un cambio de sentido que había en la autovía para retroceder y no continuar la travesía. Entonces fue cuando me miró con la carita de un corderito que llevan de camino al matadero y me dijo: “Oye, ¿y si nos olvidamos del proyecto y damos la vuelta?”. Estaba cagado, no había carretera. Era el momento de cobrarme lo del madrugón: “Pero que dices hombre, si esto son dos copitos de nada”. Lo que sabremos los canarios del mal tiempo. El caso es que por no entrar en más discusión, y tras jurar en arameo antiguo todo lo que sabía, el tío siguió. Fueron momentos de tensión, pero aquel tipo consiguió llevarnos sanos y salvos hasta Madrid. Ahora estoy convencido que las situaciones de miedo y pánico (sobre todo por Despeñaperros) son un aliciente para que las personas que las sufren juntas estrechen sus lazos fraternales.

Cuando aparcamos en Madrid, a las cuatro menos cuarto de la tarde (en el fondo fue buena idea salir a las 7 de la madrugada), aquel amigo mío, llamado Antonio Pintor, cariñosamente Antoñet, y yo decidimos bautizar Madrid tomándonos una cervecita fresquita (más bien lo decidí yo, porque él seguía con la matraquilla de que no quería llegar tarde por si los profes se enfadaban). Esta vez, gracias a la tensión vivida fue más fácil convencerlo para tomarnos la merecida cerveza. También para ir al curso en el descanso y no llamar la atención al entrar fuera de hora (que excusa más mala). En aquellas dos horas y media nos dio tiempo de seguir intimando, ya que después de 10 cañas habíamos entrado en esa entrañable fase de inducción alcohólica denominada “de exaltación de la amistad”. Y estábamos en medio de una de nuestras profundas conversaciones, cuando salieron los 60 asistentes del curso a tomarse un café calentito. Nosotros llorábamos de la risa de pensar en cómo íbamos a entrar en la segunda parte del curso. Nuestros compañeros del master se acercaron a saludarnos y Antoñet, mientras se los quitaba de encima como podía, me decía: “Chacho (palabra que aprendió esa misma mañana), mira aquella que está allí en la barra; que buena que está”. Yo sólo pensaba: “Vaya obsesión que tiene el muchacho este, es la veinteava vez que me lo dice”. Cinco años después están casados, tienen una niña preciosa y una buena hipoteca. Lo que ocurrió entre aquél bar y hoy ya se los contaré más adelante. Un beso muy fuerte para Candela y Paloma.


Granada, 18.02.05. Antoñet y yo siempre hemos sido personas muy solidarias con los problemas ajenos. En la foto, en nuestra época de becarios.

22 de diciembre de 2008

Aquel fatídico día...

Quien más, quien menos, todo buen becario recuerda el día en que su vida dio un vuelco y comenzó a asumir este tan sufrido rol. Para algunos será el día en que hecho la solicitud para la beca, para otros el primer día que entró por la facultad para hacer su primer ensayo en el laboratorio, en otros casos, será el día en que tuvo la conversación en la que se apalabró todo con su jefe, etc. Sin embargo, yo tengo otro recuerdo sobre el día en que cambió todo, el verdadero comienzo.

Era Septiembre de 2002 y tenía que matricularme de mis últimas tres asignaturas de la carrera. De hecho, lo hice, pero algo extraño estaba pasando sin que me diera cuenta. Ese mismo septiembre cambiaba el plan de estudios de la carrera: aumentaban los créditos de las asignaturas troncales en detrimento de los créditos optativos. Menos mal que mi padre, en un pleno gesto de confianza en mi palabra, concretamente en lo que le decía que iba aprobando, me pedía todos los años una copia del expediente (para otras cosas no duda tanto de mí). Aunque no le prestaba mucha atención, yo no era desconocedor del cambio que se iba a producir, pero se ve que hice mal los cálculos. En aquella copia del expediente ponía: el alumno reúne los requisitos necesarios para solicitar el título de licenciado. ¡Me cago en tó! Yo pensando que me quedaban tres asignaturas (ya me había matriculado) y que iba a ser el gran año de mi vida, y resulta que había acabado la carrera sin darme cuenta. El de secretaría no salía de su asombro cuando le decía que aquello era imposible, que yo no podía acabar, que todavía tenía que hacer tres asignaturas más, que deseaba seguir en aquella bendita facultad (en ese agónico momento lo era). Él me decía: Pero, ¿no te alegras? Y yo sólo podía pensar: ¿Y ahora qué hago? Me acaban de tirar por tierra todos mis planes de jubilación como estudiante. Al final, después de un fuerte tira y afloja en el que él me explicaba que lo que me estaba pasando era bueno y yo no paraba de decirle que el ordenador había hecho mal los cálculos conmigo, decidimos que lo único que se podía hacer era solicitar el título a la Universidad. Si me lo concedían, ahí no había error y yo estaba condenado, sino, pues un año con tres asignaturas optativas: grandioso.

Lo mejor de todo esto fue cuando salí de la secretaría y llame a mi padre. Fue el único que, como yo, creyó que estaban cometiendo un error. Así que me dio la razón. Que alivio escuchar aquellas palabras de aliento y comprensión.

Sin embargo, a los 3 días teníamos un veredicto: culpable, es decir, licenciado. No voy a tratar de describir completamente la cadena de sucesos y la tormenta de ideas que se produjeron en ese momento; si lo hiciera me tomarían por loco. El caso es que ese día, el día en que me dieron el veredicto final, la condena del estudiante, el fin de la primera juvetud, a mí me cambió la vida. Y fue porque, en medio de los sucesos, de las múltiples ideas que se me pasaron por la cabeza, surgió la posibilidad de matricularme en un máster. Una semana de clase al mes, no estaba nada mal. Así que lo hice y sin darme cuenta, había empezado mi becaría. En realidad todo esto, hasta que finalmente conseguí el sueño de mi vida (ser becario), tiene un segundo capítulo en el que consigo pasar a formar parte de la primera investigación. Pero ese segundo capítulo jamás se podría haber escrito sin que este fatídico primer paso se hubiera dado en medio de tanta tensión. Hoy estoy seguro de que, aunque tomada a la ligera, fue la desición correcta.

16 de diciembre de 2008

¡Mañana nos sacan de paseo!

Hoy es de esos días en los que uno se siente verdaderamente realizado: he conseguido terminar varios trámites administrativos de esos que nadie sabe hacer mejor que un buen becario...qué consuelo...

Menos mal que uno ya sabe cómo funciona esto y trata de acabarlo todo antes de que llegue el día en que la facultad cierra por vacaciones. Y lo digo así, porque la facultad cierra, es decir, el bedel se va de vacaciones, tu jefe no sube al despacho, es decir, se va de vacaciones, la línea de autobuses que va al campus no funciona, es decir, se va de vacaciones, pero nosotros, los becarios, todavía tenemos trabajo que hacer. ¿Conoces algún periodo de tiempo en el que estés relajado y no se te esté acumulando el trabajo? Algún marroncillo que ni Papa Noel ni los Reyes Magos te van a resolver, algún aparato de laboratorio que no puede dejar de funcionar en vacaciones y que, por tanto, hay que ir a revisar, o, simplemente, tienes que tratar de retomar aquello por lo que estas metido en todo este berenjenal: la tesis. Por suerte, a mi me tocó esto último. Mi más sentido pésame a los que les toque tener que ir a ver si el aparatito de cromatografía está “cromatografiando” bien.

Además de tener en cuenta que hay que llevarse lo menos posible para Navidad, también voy teniendo en cuenta otras cosas. Mañana es el único día del año en el que tienes la certeza que tus jefes te van sacar a comer: el almuerzo de Navidad. Así que, por haber terminado a tiempo, también me he asegurado poder cogerme una buena “tiempla” con mis “canbecurrios” sin ningún tipo de presión. Los temas de conversación, los de siempre: mira el mojón que me cayó esta semana, la tesis la tengo parada, el estadístico no me hace caso, el año que viene voy a aprender a decir que no, ya no hago más viajes que me hagan perder el tiempo, le voy a pedir a los Reyes un doble para que trabaje por mí,…en fin, temas varios que se repiten año tras año.

Lo peor es que después de cuatro horas echándole tinto al cuerpo, te sientes tan eufórico y tan confiado de ti mismo, que empiezas a practicar la típica frase reivindicativa que crees, que diciéndosela a tu jefe con firmeza, te va a salvar de tu condición de becario. Te ensimismas 20 minutos, en los que nadie se acuerda que estás ahí, la piensas durante un buen rato y después se la sueltas a tu compañero, tal y como crees que se la vas a decir a tu jefe, como si fuera algo que te acaba de venir a la cabeza. Por supuesto, tu compañero, que te mira atentamente, no te está haciendo ni puñetero caso y lo único que quiere es decirte él la suya. Este tipo de compañero es preferible al que te escucha y después te mete más cizaña para que, con la euforia, le comentes a tu jefe unos cuantos detallitos más que, indudablemente, van de su parte. Al final del almuerzo, 8 horas después, en cualquier tasca de Granada de cuyo nombre no espero acordarme, otro tópico. La “frasecita” ya pasó a la historia (sólo la practicaste con el de al lado, nunca hubo un buen momento para decírsela al jefe en medio de tanta gente y, encima, ni te acuerdas), empiezas a oír sonidos, provenientes de los labios de tus compañeros, que comienzan a no entenderse, miras a la derecha y ves a los primeros acabados, sentados, en posición semitorcida, en cualquier sitio que se les haya parecido medianamente cómodo para sentarse junto con la doble personalidad que han sacado ese día. Finalmente, todo se va confabulando para que, en algún triste momento, tengas que irte a dormir en un día en el que te juntaste con todos tus congéneres y te dejaste de sentir becario por un instante. Muchas gracias, Arehucas.

11 de diciembre de 2008

Quien no corre, vuela: mis compis de beca

Después del ajetreado puente con “los chicos”, hoy es ese típico día en el que dices: “voy a recoger; cuarto ordenado, mente ordenada” (la frase se la copié a la viejita). Es decir, me he puesto a recoger cual ama de casa antes de que entre el mayordomo de “el algodón no engaña” a rodar el anuncio en su salón. Pero bueno, ese no es el cuento, lo importante es lo que pensaba mientras limpiaba (ahora, que se atreva a pasar el mayordomo ese su algodoncito por encima de mi mesa, que se va a cagar).

Desde que empecé con mi “becaría” he conocido a mucha gente, pero de entre todos ellos me quedo con mis amigos de beca, o “becompis del curro”, o “becancurrantes”, o "canbecurrios", etc; se admiten propuestas (sólo tiene que sonar chunguete y sufrido). En líneas generales, de todos ellos podría decir lo mismo. La vida les ha dado un vuelco: 5 bodas (5 x 150 = adiós beca de un mes), 5 niños, 3 “arrejuntamientos con los parientes”, 4 contratos indefinidos, 6 que están cotizando a la Seguridad Social y seguro que algún “golito” que se quedó en un susto y no fue a mayores; en fin, “el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos,…”.

El caso es que yo los veo y me parece que fue ayer la primera vez que nos vimos. Queríamos revolucionar el mundo, ser los primeros en descubrir algo (digo algo, porque por aquél entonces tampoco tenías claro lo que querías descubrir), éramos capaces de leernos 7500 artículos científicos por segundo o recorrernos 1000 kilómetros en un día con tal de poder escaparnos una noche (con la excusa de un curso) para pasar un rato juntos. Las conversaciones y las reflexiones eran profundas, la implicación, la de una madre cuidando a sus hijos y los frutos… ¡una cantidad de disparates! Pero que bien lo pasábamos. Hoy un barril, mañana una cenita en tu casa, pasado unas cañas por el Albaicín, el otro unas tapitas por Calle Elvira y el otro, ¡prepara la maleta y las diapositivas que tenemos que irnos juntos de viaje! ¡Yuuujuuuuuu! No obstante, tengo que decir a nuestro favor que, en los ratos que nos quedaban libres, ibamos a la facultad a resolver algunos asuntillos. En realidad, ya me hubiera gustado a mí que alguno, aunque sólo fuese uno, de los castillos que construimos en el aire hubiera salido adelante. Y ni hijos, ni bodas, ni contrato indefinido, ni ná. Les echo de menos y les prometo que algún día me detendré para escribir concienzudamente alguna de nuestras aventurillas. Y a partir de entonces, estos personajillos, aparentemente formales, empezarán a enseñar sus becafilados dientes...

Un beso muy fuerte para Jaime (CV: casado y padre), Toni (CV: casado y padre), Paloma (CV: casada y madre), Pilar (CV: casada y doctora), a las “Martas” (CV: casada y madre y “arrejuntada”, respectivamente), Pepe (CV: casado), Inés (CV: “arrejuntada”), Amariles (CV: de vuelta a su hogar, Colombia, y doctor), Amparito (CV: casada, madre y doctora -de lo más completo-), Ana (CV: ¿y los críos?), JP (CV: menos mal que sigues conmigo).

"Pequeños cambios" en tan "sólo" 5 años.

10 de diciembre de 2008

El beca-puente de diciembre

Bajo presupuesto. Un destino lo más alejado posible de lo cotidiano. Y, por supuesto, tus amigos becarios (alguien con mayor poder adquisitivo puede ser perjudicial para la economía global). Estos son los fundamentos del "beca-puente" por exelencia.

Lo bueno de todo esto es que, al ser un puente de becarios, podemos desahogarnos. Me explico. Si les digo que se ubiquen en un auditorio, dentro de un aula magna en la que hay un estrado con un micrófono, un cañón que proyecta una diapositiva en una pantalla, 500 personas sentadas, escuchando a un señor que hay en el estrado, y, al salir del aula, hay 30 "stands" de distintas empresas relacionadas con el evento y por la noche hay una cena de gala, ¿de qué puede tratarse? Obviamente, de un congreso. Pues bien, a grandes males, grandes remedios, los becarios también apuntamos alto.

Como es tradición, cada puente de diciembre, "los chicos" celebramos el "Muy Ilustre Congreso Internacional de Cervezas y Guitarras", donde lo que nunca falta es demasiado redundante como para repetirlo. Este año, el destino nos ha llevado a Ceuta, la verdad, un sitio, cuanto menos, peculiar...sin más. Lo del congreso, cada vez pinta mejor: ya es la cuarta edición, tenemos unos estatutos que sientan las bases logísticas, científicas y de conducta, cada año se constituye un nuevo comité organizador para el año siguiente (¡enhorabuena por la presidencia, Falki!), vienen nuevos asistentes (también llamados novatos) y los ponentes, cada vez más experimentados, exponen temas de alta dificultad interpretativa. Por supuesto, las ponencias no consiste en otra cosa que en deleitar a los asistentes con alguna "cancioncilla", a veces en inglés, cargada siempre con una buena dosis de "lingüesismos" (dícese de aquellas palabras que, por una clara influencia de las personas que las pronuncian, no adquieren un significado claro en un idioma establecido, pero sin embargo son fonéticamente parecidas a alguna existente). A Rubos, muchas gracias por tu intento de "Todo Cambia"; quien quiera escuchar una buena versión de esta canción y no lo que nosotros escuchamos, que la busque interpretada por Mercedes Sosa. Además, este año se han celebrado dos "workshops". Uno, sobre "Motes de nuestro entorno durante el periodo de la niñez", y otro, sobre "El flujo de las geodas en un timba de póker". Cómo les decía, la cosa marcha y se pone cada vez más interesante.

El caso es que todo esto surge en 2005, cuando un grupo de becarios, faltos de protagonismo en nuestros grupos de trabajo y deseosos de expresar nuestros progresos (con la guitarra, por supuesto), decide reunirse en Barcelona utilizando cualquier pretexto: el mencionado congreso. Después de Barcelona, la sede ha rotado por Coimbra, Salamanca y, este año, por Ceuta. Nótese que pretendía hacerse una edición nacional y otra internacional, pero como ya les he comentado, el bajo presupuesto ha hecho mella. El consuelo de este año fue que estábamos entre Marruecos y Gibraltar. Del Congreso de este año cabría destacar (bla, bla, bla, bla... Artículo 12 de los estatutos. Lo que pase en el congreso, no hace falta decir, que se queda en el congreso). Así pues que ningún comentario en este blog; lo que no dicen los estatutos es que no se puedan difundir imágenes, así que aquí les dejo algunas imágenes entrañables de este IV Muy Ilustre Congreso Internacional de la Cerveza y la Guitarra".

Ponentes a su llegada a Ceuta. De izquierda a derecha: Falki (becario), Emili (becario), Santi (ex-becario), Sabi (becario), Asier (becario en potencia).

El Congreso. Cena de inauguración en el hostal-pensión Ca´Merche.



Ponencia grupal. Disculpen el lapsus y que no pueda recordar qué cantabamos en ese preciso instante.


Workshop 2. "El flujo de las geodas en un timba de póker".










Finalmente, sólo espero que la edición del año próximo se convierta en una realidad (en el mundo de los becarios todo es inestable) y que la asistencia sea, como cada año, un éxito. Muchas gracias a los ponentes de este año (Emili, Falki, Santiago, Asier, Mochilo y Pepe) y, sobretodo, a Merci, Ángela y Noe por su hospitalidad. Se me olvidó comentar que los hoteles del congreso no entran dentro del precio de la subscripción y todos los años buscamos a alguien que generosamente le de cobijo a este humilde grupo de becarios trovadores.

Sin más, me despido.

Daniel Sabater Hernández.
Ex-presidente del IV Muy Ilustre Congreso Internacional de Cervezas y Guitarras.